Mi padre se tiro toda nuestra mas tierna infancia diciendonos una frase lapidaria: “Teneis que ser los mejores”.
Visto desde una perspectiva objetiva, esa frasecita machacona nos invitaba a mi hermano y a mi a estar siempre enfrentados, siempre luchando por ser el mejor.
En el colegio luchabamos por ser los mejores en clase, los mas listos, las mejores notas en matematicas, los mejores jugando al futbol, en fin, los numeros uno.
O sea, que eramos unos estresaos desde bien pequeñitos. Unos competitivos integrales, aunque igual no nos acompañaba ni inteligencia, ni fisico, ni espiritu.
Mi padre nos engaño, con su mejor voluntad y buena fe, eso si.
Nunca nos dijo que debiamos de ser los mas tranquilos, los mas reflexivos, los mas felices. El daba por hecho que ser los mejores implicaba todo eso, pero se equivocaba.
El ser los mejores para mi padre significaba ser los mas ricos, los mas poderosos, los mas competitivos. Que nadie nos mirase por encima del hombre, que no hubiese quien nos chuleara.
Con el paso del tiempo conseguimos tener los mejores amigos, las mejores casas, los mejores trabajos, los coches mas lujosos, incluso, las mejores compañeras.
Pero no estamos tranquilos ni tampoco somos los mas felices.
Hoy vi pasar una señora de raza cale cargada con una bolsa grande, muy grande de paquetes de gusanitos sabor queso. Se encaminaba hacia el parque de Castelar, donde habitualmente vende los gusanitos a los papas de los niños que van a ver los patos nadar en el sucio estanque central. Esa señora nunca sera la numero uno en nada de lo que mi padre entiende por importante. Andaba despacito, sin ninguna prisa. Se le veia tan tranquila, tan poquito estresada. Casi feliz.
Seguramente solo fue la ensoñacion envidiosa de un tipo muy atacado.
