Santander, 11 de Agosto
Hace frío. Rondan las 8′30 de la mañana. He pasado una noche difícil, con constante frío en los pierreletes. Dormir he dormido ligeramente, con miedo a caerme del camastro y sin poder coger la posición buena. Esto promete ser mas difícil de lo que parecía. Y otra vez esa maldita musiquilla rondan-dome la neurona: “Ay Manolete, ay manolete, si no sabes torear pa que te metes”. Pero aquí estoy, hecho un torito dolorido esperando para poderme dar otra paliza de 500 o 600 km sobre la moto.
Los campings por la mañana temprano son un territorio curioso. Ves a gente en lento peregrinar dirigirse a los aseos, todos muy dignos, cuando sabemos que van a sentar sus blancos culetes en las redondas formas del sueño del señor Roca. Luego están los vasos de tragos largos amontonados en una mesa, esos vasos que alargaron la velada del grupo de amigos ruidosos hasta que al final desaparecieron tragados por sus tiendas cerca de las tres de la madrugada. Y en este camping en concreto se puede disfrutar de una medio amanecer precioso, con la luz limpia tiñendo la bruma que envuelve a Riaño en el fondo de la ondanada. ¿Dije que este es un lugar precioso? Me quede corto.
El cerdito vietnamita sigue olisqueando cada rincón de su privado jardín. La gente lo mira con expresión curiosa y cómplice. Parece un dibujo animado sacado de una tira cómica de los años 60 cuando Walt Disney nos hacia disfrutar con la perfecta conexión de la musica clásica y el curioso andar de sus criaturas paseando por el bosque.
Pago al simpático director del camping y me acomodo en el mullido asiento de mi R1200R. “Vámonos, preciosa, nos esperan nuevas aventuras”.
Los primeros kilómetros circundan la cola del pantano. Camionetas de reparto y vehículos de turistas madrugadores son las únicas compañías esporádicas. Vuelvo a pensar lo duro que debe de ser este paisaje en los meses mas crueles del invierno. De pronto comienza a cambiar el paisaje y sin darme cuenta llego al puerto del Pontón, ahora si que empieza lo bueno. Durante unos apasionantes kilómetros sigo la tortuosa senda del río Sella encajonado entre las altísimas paredes del desfiladero de los Beyos, una de las zonas mas impresionantes por las que he pasado en mi vida. Carretera estrechisima que no deja lugar a las distracciones y cambios constantes de marchas, segundas y terceras, no mas. Acabo de entrar en el parque nacional de los Picos de Europa y aquí todo es sagrado. Sobre un gran puente se aposta un hotel de montaña coronado por la omnipresente bandera asturiana. Me decido a parar a desayunar y recuperarme de la impresión que me ha producido lo que acabo de disfrutar. Me resulta extraño el trato que me da la camarera, seca y cortante, casi molesta por tenerme que atender. Y mas extrañado acabo cuando por dos rebanadas de panbimbo y un café me cobra 3′40 €uros. Que lejos esta mi Chicago donde por 1′60 me trinco de cuando en cuando un gran descafeinado aderezado con un mollete generoso de paté. En fin, que no voy a dejar que unos estafadores que amarguen el día, pero tomo nota para ponerlo en el diario de abordo. Al montarme en la moto percibo que algo me falta. El pañuelo motero que me regalo Victoria SanBlas ha desaparecido de mi cuello. Se me ha debido caer dentro del bar. Nadie lo ha visto. Cuando voy a darlo por perdido y después de maldecir al grupo de excursionistas que han estado a mi lado desayunando y que sospecho que lo han trincado, observo una sobra oscura sobre el pretil del puente. Soy un mal pensado, y un desastre olvidadizo. Me vuelvo a colocar todito en su sitio y emprendo la marcha hasta Cangas de Onis.
Al llegar a Cangas cojo dirección a Cabrales. Debo de poner gasolina lo antes posible, nunca se sabe. Esta zona tiene la carretera mas generosa y los paisajes son mucho mas abiertos, aunque igual de bellos que los ya recorridos. La velocidad es considerablemente mayor y el trafico turístico se ha incrementado notablemente. Pronto estoy en Las Arenas y la curiosidad me hace tomar el desvío señalizado que lleva al Naranco de Bulnes. Después de unos 10 kilómetros llego al final del camino. Unos guardias del parque natural cortan la carretera y no nos dejan seguir sobre ruedas. Yo aun no estoy por la labor de darle gusto a los pies. Me doy la vuelta y empiezo a rezar como lo hace un agnóstico para que la gasolina me permita llegar a la próxima estación de servicio. Nunca aprenderé, es cierto aquello de que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Si yo supiera lo que me espera …
Después de repostar milagrosamente, consigo llegar hasta Panes donde el paisaje empieza a cambiar. El cuerpo me pide mar y me encamino hacia San Vicente de la Barquera, famoso pueblo donde se forman unos atascos impresionantes en los días álgidos del Agosto y donde empezó a cantar ese fenómeno innecesario llamado DavidBustamente. Apostado en un recodo de la antigua carretera hago un pis y contemplo las olas en la lejanía romper contra la arena de la playa. El mar se adentra en la tierra y los barcos pesqueros duermen el sueño del olvido pudriéndose en las margenes de la ría. Aprovecho para llamar telefónicamente a las Isabeles y les cuento que estoy enfrente del gran azul. Ellas se estan beneficiandose un plato de coquinas en la playa de Huelva. Norte y Sur.
Me adentro unos kilómetros mas y consigo llegar a la carretera que bordea la costa. No me gusta esta zona. Las dos playas que visito están masificadas, llenas de coches y me resulta muy complicado encontrar un cachito de arena donde poder dejar la moto. Malditos catetos de playa!
En Santillana del Mar veo unos carteles que indican como llegar hasta su famoso Zoológico. He escuchado miles de veces a su director y almamater hablar hasta el mas profundo de los aburrimientos de los miles de animalitos que tienen alojados. Me parece un tipo simpático que nos da la tabarra parapetado tras su micrófono de Radio5 todonoticias. Me gustaría encontramelo y decirle que creo que debería cambiar su discurso monótono por el bien de la humanidad.
Como ya he reseñado esta zona no me ha gustado, y la gota que ha colmado el vaso ha sido Santander, ciudad donde el GPS se ha perdido con una pericia solo propia del que escribe estas letras. Después de una hora de dar vueltas, y vueltas, y vueltas, por fin he conseguido llegar a un McDonals y dar buena cuenta de un suculento menú compuesto por una súper hamburguesa con sus patatitas y un tercio de cerveza. Creo que no debo de tener muy buen aspecto, unas chicas pijolonas no han dejado de mirarme y reírse descaradamente mientras que yo me llenaba los mofletes de pan con carne. Lo mejor de todo es que las muy cenutrias se pensaban que no les quitaba ojo a ellas, cuando la realidad era muy diferente, al estar estas mozas seniles en medio de la trayectoria que me separa de mi querida negrita de 109 caballos. He dejado la tienda y demás bártulos atados sobre el asiento del acompañante, debo de acostumbrarme a confiar en la buena fe de la gente. Ni que decir tiene que estoy deseando acabarme la fastfod para volver a cabalgar.
Aun me queda toda la tarde por delante, y unos cientos de kilómetros para llegar a Fuenterrabia.
